La transformación de los sistemas energéticos exige mucho más que sustituir una fuente por otra. Cada proyecto debe considerar el territorio, los ecosistemas, la calidad de los recursos naturales, la normatividad y la participación de las comunidades.
De acuerdo con Carlos Andrés Peña Guzmán, docente del programa de Ingeniería Ambiental y Sanitaria de la Universidad de La Salle, la transición energética debe entenderse como un proceso holístico, pues no representa únicamente un cambio tecnológico o de fuente energética. También involucra dimensiones ambientales, sociales, económicas y territoriales.
En ese escenario, la ingeniería ambiental cumple un papel clave al anticipar impactos, evitar pasivos y proponer alternativas que permitan que los proyectos sean compatibles con el entorno y sostenibles durante toda su vida útil.
Colombia no puede cambiar de energía dejando nuevos pasivos
En Colombia, avanzar hacia nuevas fuentes de energía implica tomar decisiones sobre los ecosistemas, el agua, el suelo, el aire y las comunidades. El reto no consiste únicamente en construir infraestructura o incorporar nuevas tecnologías, sino en evitar que los proyectos terminen generando afectaciones que después se conviertan en pasivos ambientales para el país.
El docente Carlos Andrés Peña Guzmán, explica que la ingeniería ambiental contribuye, en primera instancia, a verificar que los proyectos cumplan con las licencias, los permisos y los requerimientos necesarios para su ejecución. Cuando no existe un cumplimiento normativo adecuado, algunas iniciativas pueden quedar a la deriva o convertirse en pasivos ambientales que afectan los recursos naturales.
Por eso, la transición energética requiere un eje de sostenibilidad desde su planeación. El cumplimiento de las obligaciones ambientales no debe entenderse como un trámite aislado, sino como una condición necesaria para que los proyectos puedan desarrollarse y mantenerse en el tiempo.
También es indispensable vigilar el uso de los recursos naturales y promover la participación de las poblaciones en la formulación, construcción, puesta en marcha y seguimiento de las iniciativas.
Cambiar la fuente no basta: así funciona una transición integral
La transición hacia nuevas formas de producción energética es un proceso holístico. Además del componente tecnológico, involucra dimensiones ambientales, económicas, territoriales y sociales que deben analizarse de manera conjunta.
Esto significa que una fuente considerada alternativa no es sostenible automáticamente. Su desarrollo debe evaluar de dónde provienen los recursos, qué transformaciones necesitan, cuáles impactos podrían generar y cómo se relacionan con las características biológicas y químicas del territorio.
Según el docente Carlos Andrés Peña Guzmán, los recursos utilizados para desarrollar nuevas fuentes de energía deben gestionarse desde un enfoque de protección ambiental. Aunque muchas alternativas provienen de recursos naturales, su aprovechamiento debe mantenerse controlado y vigilado para garantizar su sostenibilidad en el tiempo.
La sostenibilidad aparece cuando el medio ambiente, la economía y las poblaciones pueden hacer parte de las decisiones, y cuando las alternativas elegidas protegen los recursos durante toda la vida útil del proyecto.
Cuando el territorio entra en la ecuación, el proyecto cambia
La ingeniería ambiental ayuda a que los proyectos energéticos sean compatibles con el lugar donde se desarrollan. Para ello, analiza las condiciones de los ecosistemas, la calidad de los recursos naturales y las relaciones que existen entre las personas, las especies y el entorno.
Su aporte también incluye interpretar la normatividad, gestionar permisos y licencias, y prevenir impactos derivados de las etapas constructivas u operativas. A esto se suma la participación comunitaria, que permite que las poblaciones no sean observadoras pasivas, sino actores capaces de formular propuestas y aportar a la toma de decisiones.
Para Carlos Andrés Peña Guzmán, el territorio es el espacio en el que convergen las interacciones entre las personas, las especies y los ecosistemas. Por esta razón, los proyectos deben procurar un equilibrio entre el agua, el suelo, el aire, las poblaciones y los demás componentes del entorno natural.
Cuando estas dimensiones se integran, la transición energética puede ampliar la vida útil de sus proyectos, reducir riesgos y fortalecer el equilibrio entre desarrollo, ambiente y territorio.
2026: aprender a decidir con visión sistémica
Estudiar este campo en 2026 implica prepararse para problemas que no tienen una única respuesta. Las nuevas fuentes de energía requieren profesionales capaces de comprender al mismo tiempo la regulación, el territorio, los recursos naturales, la tecnología y las necesidades de las comunidades.
La transición energética plantea preguntas sobre cómo aprovechar los recursos sin agotarlos, cómo distribuir los beneficios, cómo prevenir las afectaciones y cómo construir proyectos que sean viables más allá de su etapa inicial.
Por eso, la formación debe fortalecer el análisis técnico, pero también la capacidad de dialogar, anticipar escenarios y proponer soluciones que integren la justicia ambiental y la sostenibilidad.
Como señala Carlos Andrés Peña Guzmán, también es necesario comprender de dónde provienen las nuevas fuentes de energía, qué elementos se necesitan para su transformación y cuáles son las condiciones requeridas para su aprovechamiento.
Una profesión para construir decisiones sostenibles
La transición energética necesita profesionales que comprendan que cada decisión tecnológica también transforma ecosistemas, territorios y comunidades.
Como sostiene el profesor Carlos Andrés Peña Guzmán, este proceso requiere una mirada integral que articule la normatividad, el territorio, la protección de los recursos naturales, la participación social y las herramientas técnicas para tomar mejores decisiones.
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