El pasado 4 de agosto, una familia dejó a su hijo de diez años en el aeropuerto al descubrir que su pasaporte había expirado, según reportaron diversas cadenas periodísticas. Este suceso invita a cuestionarnos sobre la importancia de compartir en familia y cómo lo ubicamos dentro de nuestras prioridades. Muchas veces, el encuentro familiar se reduce a viajes a lugares exóticos o actividades fuera de la rutina diaria, mientras que, en el día a día, la conexión familiar se percibe como algo que solo ocurre en espacios sobrantes, después de las responsabilidades económicas o académicas. En ocasiones, este tiempo se planifica meticulosamente, pero, como demuestra la noticia, puede verse interrumpido por imprevistos. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿Qué prima más: compartir en familia o el descanso de la rutina? ¿Es necesario esperar las vacaciones para disfrutar con nuestros seres queridos? ¿Deberíamos darle más importancia a la conexión familiar en nuestro día a día?
El caso pone en evidencia una tendencia a priorizar elementos externos, como el consumo o las expectativas sociales, por encima de la vinculación familiar. En la actualidad, las dinámicas de consumo y las redes sociales nos han llevado a dar más valor a la atención virtual, como lo ejemplifica Felipe Saruma en su parodia “Familia Mágica”, donde critica la superficialidad en las relaciones familiares. En una sociedad cada vez más violenta y deshumanizada, esta situación nos invita a reflexionar sobre el verdadero sentido de la familia, los lazos afectivos y el amor genuino hacia los demás, más allá de lo económico o la apariencia. Como bien señala Romero (2008), el amor familiar no depende de códigos ni normas sociales, sino de comprender el bienestar y el daño que nos causamos a nosotros mismos y a los demás.
Desde el pensamiento Lasallista, la familia se valora en su cotidianidad, entendida como el espacio donde se tejen los vínculos afectivos y donde se genera el amor y el respeto. Para este enfoque, lo más importante no son los paseos o las fiestas, sino la convivencia constante, el espacio de encuentro, la prioridad de compartir juntos en cualquier momento y lugar, incluso ante la adversidad. Sin embargo, las sociedades actuales, saturadas de información y estímulos, prestan cada vez menos atención a estos aspectos.
Los adultos, aunque en tiempos de “descanso”, están inmersos en preocupaciones económicas, sociales y en la búsqueda constante de escape de la realidad, usualmente a través de dispositivos móviles. Este patrón se refleja en los momentos familiares, como la cena, que se convierten en espacios de distracción individual, donde los niños recurren a videos o juegos en lugar de interactuar con sus padres.
Este es un momento crucial para replantearnos como sociedad a qué le damos realmente importancia y qué estamos haciendo con nuestros espacios de encuentro familiar. Es necesario reconsiderar cómo valoramos y aprovechamos el tiempo con los nuestros y qué ejemplo estamos dando a las nuevas generaciones sobre lo que significa estar verdaderamente presentes.